El conflicto comercial China-USA

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El mundo ha estado expectante ante la solución del diferendo que se suscitó con las reclamaciones de los Estados Unidos a China, acompañadas de aranceles y por tanto de restricciones al comercio. Estados Unidos ha manifestado preocupación en cuatro aspectos fundamentales. En primera instancia le preocupa el enorme déficit comercial que sostiene con China y busca fórmulas para disminuir esta brecha. Hay molestia en el USA porque consideran que una parte de la innovación que constituye el motor de la iniciativa China 2025, se obtiene bien sea mediante el robo de secretos tecnológicos que deberían estar cubiertos por los acuerdos de propiedad intelectual, y como resultado de una política de amarrar la inversión extranjera a la transferencia tecnológica. Un tercer aspecto que incluyen los Estados Unidos en el memorial de agravios es que consideraba a China como un país que manipulaba tu tasa de cambio para obtener ventajas en el comercio exterior. Preocupan igualmente los subsidios que reciben las compañías estatales chinas, las restricciones para el acceso a servicios de financieros tecnológicos (Fintech) y las barreras no arancelarias a las importaciones.

Si bien algunos reclamos pueden tener sustento lo cierto es que detrás de este enfrentamiento hay una lucha por la hegemonía comercial y tecnológica. Existe la creencia en Estados Unidos que la expansión comercial y tecnológica de China se ha hecho a expensas de la industria americana que compite con las reglas del mercado  y las que se han acordado en la OMC. Para enfrentar esta batalla nadie más apropiado que Robert Lighthizer, un abogado que venía de hacer lobby para la industria del acero y que se había caracterizado por una posición radical proteccionista desde hacía varias décadas. Lighthizer tenía clara su visión sobre la relación China- Estados Unidos y convenció al Presidente Trump que las conversaciones sostenidas por las anteriores administraciones con las autoridades chinas no habían conducido a cambio alguno y se requería políticas más contundentes, acordes o no con las normas de  la OMC.

Así como resultado de esta estrategia en enero de 2018 se impusieron la primera tanda de aranceles sobre la importación de productos procedentes de China. A la fecha previa al acuerdo que han logrado los dos países en una primera fase, los Estados Unidos impuso aranceles a bienes cuyo comercio asciende a 550 mil millones de dólares y China como retaliación impuso aranceles sobre bienes cuyo comercio ascendía a 185 mil millones de dólares.

La realidad del comercio bilateral es que para el año 2000 el déficit comercial de los Estados Unidos sumaba 443 mil millones de dólares de los cuales 83 mil millones provenían del déficit con China. Este desbalance fue creciendo y ya para el año 2017 el déficit llegaba 793 mil millones de dólares y la porción que correspondía al comercio con China llegaba 375 mil millones dólares, es decir que mientras el déficit total de la balanza comercial se dobló, el déficit se multiplicó por algo menos de cinco veces. Es claro que estas cifras son terreno abonado para adelantar una política proteccionista. De hecho en 2019 como resultado de esta política se acorto el déficit con China. Por ser los temas tecnológicos de la mayor importancia para los Estados Unidos, paralelo a los aranceles se sintieron amenazas en Huawei, empresa tecnológica china.

El conflicto comercial entre China y los Estados Unidos no solo se puede apreciar desde la perspectiva de la hegemonía comercial y tecnológica, sino que también debe entenderse en dos dimensiones adicionales; una doméstica que está marcada por el proceso electoral de los Estados Unidos, ya que la “defensa de la industria nacional” sirve como plataforma electoral, y una internacional y que de la mano de esta estrategia contra China existe una seria intención americana de poner término a la OMC y cualquier forma de  multilateralismo. Así lo han expresado claramente tanto Lighthizer como el Presidente Trump. Clara manifestación de esta posición fue dar al traste con TPP y la reformulación del NAFTA.

Las partes anunciaron después de aplazar innumerables veces las fechas límites para alcanzar un acuerdo, el cierre de una primera etapa de negociaciones.  Según informa la oficina del Representante de Comercio (USTR) este primer acuerdo avanza en los temas de propiedad intelectual con mecanismos que obligan la aplicación de la normatividad (Enforcement). Se logró acuerdo preliminar para que China modifique la práctica que obliga a la inversión extranjera a la transferencia de tecnología, que desde la apertura ha sido un instrumento importante para el desarrollo tecnológico del gigante asiático. Dos temas que resalta el USTR son aquellos de acceso al mercado chino en bienes, principalmente agrícolas y en servicios financieros. Se trata de la remoción de barreras de entrada existentes. Se retiró a China de la lista de países “que manipulan la tasa de cambio” a la vez que se obtuvo un compromiso chino de comprar más productos americanos (200 mil millones en el curso de dos años). Finalmente un punto importante fue el acuerdo entre las partes para lograr una instancia efectiva de resolución de conflictos, desde luego por fuera de la OMC. La contraprestación estuvo desde luego en el desmonte gradual de los aranceles impuestos.

No obstante este primer acuerdo el conflicto está aún por resolverse y siguen los aranceles aunque en niveles menores (25% sobre 250 Millones) además que existen dudas sobre la capacidad de China de cumplir con los compromisos de compra de bienes americanos en la suma acordada. Existe pues  un buen trecho por recorrer y temas como el subsidio a  empresas estatales quedaron pendientes para una segunda ronda.

Lo más probable es cualquier acuerdo final estará condicionado a la dinámica electoral estadunidense, ya que un arreglo que significará grandes réditos al candidato Trump.

Por: Carlos Ronderos, director regional para Latinoamérica World Trade Center Association

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